comparciertos
Recuperando la confianza
29
Junio 2017

Recuperando la confianza

La confianza es un factor decisivo en prácticamente todas las facetas de nuestra vida. Cuando confiamos en nosotros mismos somos más proactivos y eficaces, cuando confiamos en el futuro somos más felices y cuando confiamos en los demás tenemos relaciones de mayor calidad, más auténticas y enriquecedoras. La confianza es fundamental para cualquier ser humano y sin embargo es una de las experiencias más frágiles de cuantas somos capaces de vivir. Basta un pequeño malentendido, una decepción pasajera o una simple crítica u opinión negativa de una tercera persona para romper en mil pedazos la confianza.

Una de las principales causas de esta fragilidad es nuestra incapacidad para gestionar el riesgo y la incertidumbre. Esto ocurre cuando buscamos certezas absolutas, cuando necesitamos tener una garantía total de que la otra persona actuará de acuerdo con nuestras necesidades y deseos. En estos casos desconfiamos para protegernos, para tratar de estar más seguros. Sin embargo las consecuencias de la desconfianza son, en muchos casos, peores que aquellas que tratamos de evitar.

Cuando perdemos la confianza en los demás los grandes perjudicados somos nosotros mismos. Cuando la desconfianza se apodera de una relación, necesitamos estar especialmente atentos a los gestos y comportamientos del otro, vigilando cada palabra cada comportamiento inusual para interpretarlo y utilizarlo en nuestro desesperado intento de prevención. Los problemas se acentúan cuando ponemos en marcha un patrón sesgado de interpretación, es decir, cuando interpretamos sistemáticamente los comportamientos del otro como confirmaciones de nuestra teoría. Si el otro hace algo raro, pensamos que debe estar tramando algo, y si hace aquello que esperábamos entonces es que esta disimulando para ganar tiempo. Este patrón tiende a generalizarse, y si no ponemos límites, es fácil que empecemos a desconfiar de otras personas cercanas que no tenían nada que ver en el problema.

Podemos si queremos

Esa vigilancia excesiva podría terminar por distanciarnos de los demás. Es difícil disfrutar de la compañía de alguien si toda nuestra atención está ocupada tratando de encontrar la pista definitiva que confirme nuestras sospechas. Estaremos tan empeñados en no mostrar nuestras cartas que dejaremos de prestar atención a lo importante, a lo valioso de nosotros que podíamos dar a la otra persona y a la parte de sí mismo que la otra persona podría estar intentando compartir con nosotros. El resultado final serán relaciones más frías y distantes de menor calidad y en las que colaboración y la posibilidad de alcanzar objetivos comunes se hace casi imposible.

Nos guste o no, cuando perdemos la confianza los grandes perjudicados somos nosotros mismos. La cuestión es como salimos de la encrucijada. Si confiamos podremos relajarnos, volver a disfrutar de la relación y volver a participar de las oportunidades y sinergias que nos aportaba la relación. Por otra parte, volver a confiar implica quedar expuestos de nuevo, renunciar a la seguridad que creíamos haber ganado. Es evidente que se trata de una elección, y eso es una gran noticia. Podemos elegir. Podemos volver a confiar si queremos, aunque no estamos obligados a hacerlo y tenemos todo el derecho del mundo a asumir los riesgos que esta elección conlleve, por ilógico o terrible que pueda parecer.

No deberíamos olvidar que todos, por el hecho de nacer sin que nos pregunten, tenemos derecho a equivocarnos

Lo que carece de sentido es cargarle a la otra persona la responsabilidad de nuestra elección. Es tentador pensar que es la otra persona quien debe recuperar nuestra confianza, pero es un error. La confianza no depende del otro, es una elección que depende exclusivamente de nosotros mismos. Sólo nosotros podemos elegir en quién confiamos y cuándo.

La confianza, como tantas otras cosas, es una cuestión de expectativas, y las expectativas son responsabilidad exclusiva de quien las crea. Probablemente para volver a confiar tenemos que hacer dos cambios importantes. En primer lugar revisar nuestras expectativas, quizás esperábamos demasiado del otro. Quizá dimos por hecho que la otra persona conocía lo que esperábamos de él o ella y que solo por eso debía actuar de acuerdo con nuestros deseos. No deberíamos olvidar que todos, por el hecho de nacer sin que nos pregunten, tenemos derecho a equivocarnos, a cansarnos, a cambiar de opinión y a pensar en nuestro propio beneficio de vez en cuando.

La costosa máquina de la desconfianza

El segundo cambio es coger con más fuerza aún la responsabilidad de las consecuencias. Si empezamos a desconfiar es porque en algún momento asumimos que las posibles consecuencias de seguir confiando eran lo suficientemente graves como para justificar el enorme esfuerzo que conlleva la desconfianza. Nunca está de más repetir ese análisis, en muchos casos tendemos a exagerar o dramatizar las consecuencias o implicaciones de ciertos eventos sin darnos cuenta. Así que preguntémonos si realmente lo peor que podría ocurrir es tan grave como para justificar la puesta en marcha de la costosa e improductiva máquina de la desconfianza.

Al final, se trata de una vez más de gestionar nuestras expectativas y elegir. Y eso siempre es una gran noticia, porque lo peor que puede pasar es que nos equivoquemos y hasta en ese caso, tenemos la oportunidad de asumir las consecuencias y buscar una nueva oportunidad para hacerlo mejor, ¡faltaría más!

Daniel Peña, psicólogo

3379837ead2384500fc07ed02c8af548.jpg