cuentacuentos
La cuerda de tender
20
Enero 2015

La cuerda de tender

 

Al sur del planeta existe un país. En el país hay una gris ciudad y en su corazón, un edificio morado.

 

En lo alto del edificio una azotea, y en ella se escucha un quejido semejante al ulular de un búho. Quien se lamenta es la cuerda de tender de nailon verde, que solitaria se agita con el viento al atardecer.

 

En el mundo existen un sinfín de cuerdas, y ella lo sabe. Las hay blancas de algodón, metálicas y de alambre, conoce a cuerdas que se extienden en pleno prado y a otras que viven encerradas en los patios de luces.

 

Ella se sentía especial, un día el vecino del quinto la escogió de entre las decenas de cuerdas que había en el supermercado. Desde entonces su hogar fue la azotea, allí era feliz acompañada por los pájaros y la ropa de toda la comunidad. Pero hoy, con el pasar de los años, la cuerda gastada y deslucida, se encuentra más sola que nunca. Nadie la usa para tender, los vecinos tienen miedo a que se rompa con un soplo de viento.

 

A quien más echa de menos es a sus amigas las pinzas, a las de madera y plástico, que tienen el mismo trabajo, pero son bien distintas.

 

Las pinzas de madera son muy sabias, cuentan historias sobre bosques y animales; han viajado tanto que hablan todas las lenguas del mundo.

 

Las pinzas de plástico son más alegres y coloridas. Las de color rosa eran sus favoritas, son coquetas y finas y las primeras en colocarse para sujetar las prendas femeninas. Las rojas son las más picaras, se ciñen fuertemente a las sábanas para que les cuenten las pasiones más íntimas de los que allí duermen.

 

Mientras que la cuerda gime y se tensa; el vecino de tercero piensa en ella. Su hija le ha pedido una comba nueva para jugar, y ha decidido reciclar la cuerda que nadie usa para tender. Esa misma tarde, la cuerda se despide de la azotea, del sol y las aves y sorprendida, descubre que en plena madurez la vida te puede dar una segunda oportunidad.

 

Desde entonces, cuando alguna pinza se cae desde el tendedero, la cuerda le abraza y la esconde en el baúl de los juguetes. Y por las noches mantienen largar charlas y sacan a tender sus recuerdos.

 

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