cuentacuentos
El anillo del rey
28
Noviembre 2015

El anillo del rey

 

En un antiguo reino el rey dijo a los sabios de la corte: “He encargado un precioso anillo. Tengo un excelente diamante, y quiero guardar dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude también a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje escueto”.

Sus oyentes eran eruditos, pero componer el mensaje que les encargaba el rey era todo un reto y tras muchas cavilaciones no se les ocurría nada. El monarca consultó también con un viejo y fiel sirviente, por el que sentía un inmenso respeto. Este le dijo: “No soy sabio ni erudito, pero conozco un mensaje. Durante mi larga vida en palacio me encontré con todo tipo de gente, entre ellos un místico invitado de su padre. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje”. El anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo entregó al rey. “Pero no lo lea”, añadió. “Ábralo solo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no le encuentres salida a una situación”.

 

Ese momento no tardó en llegar. Su territorio fue invadido y el rey perdió el trono. Huía perseguido a caballo y había tomado un camino sin salida. De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y encontró el pequeño mensaje: “Esto también pasará”. Sintió como un silencio poderoso se cernía sobre él. Ya no escuchaba el trote de los caballos enemigos. Estaba profundamente agradecido a su sirviente y al desconocido místico, pues aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel y lo guardó de nuevo en el anillo. Después, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino.

 

El día de su regreso victorioso a la capital había una gran celebración. El anciano iba a su lado y le dijo: “Señor, lee nuevamente el mensaje del anillo”. “¿Qué quieres decir?”, preguntó el rey. “Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no me hallo desesperado”. El anciano le respondió: “Este mensaje no es solo para situaciones desesperadas, también para las placenteras. No solo para cuando estés derrotado sino también cuando has triunfado. No solo para cuando eres el último sino también cuando eres primero”. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”. En medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba sintió la misma paz y el mismo silencio a su alrededor que en el bosque. Su orgullo había desaparecido y entonces entendió bien el mensaje. “Recuerda que todo pasa”, le dijo el anciano. “Ninguna situación, ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza, porque son esencia de la misma cosa”.

 

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