cuentacuentos
La escoba
31
Julio 2016

La escoba

 

Era un lugar de tantos, en el que la gente sólo pensaba en ser…, ser importante, ser rico, ser un “premier” en la sociedad. Estos personajes vivían en una mansión, también importante, también rica, también la mejor de los parajes en donde vivían. Eran unas magníficas residencias. En aquel lugar, ser alguien, en un primer puesto, el que fuere, pero ser el primero, era norma de obligado cumplimiento.

 

En cada mansión, allá en el trastero perdido de los desperdicios había una cosa “nula”, fea, sucia, olvidada. Era el antídoto del ser: una escoba, que se sentía no ser nada. Si acaso, se sentía “la escoba del servicio”, y ésa era su máxima aspiración. ¿Qué más podía ambicionar? Estaba para eso, para ser olvidada o ser utilizada. Esos eran sus derechos. Estaba siempre dispuesta a brindarse a las gentes de la mansión sin tener por ello predilección alguna en especial porque fuese alguien en concreto quien la utilizase o acariciase.

 

Su mayor riesgo consistía en que de esa inutilidad “alguien” limpiara muchas cosas, ya que sabía que ese “alguien” siempre sería más grande que ella y por supuesto, tendría infinitos deseos mayores que los suyos de que todo se limpiase.

 

Su “esperanza” consistía en que serviría como medio para barrer y recoger lo que otros por sus propios medios no le agradaría hacer. En aquel pobre y último rincón, vivía gozosa y sin rechistar, sabiendo que su final sería “la muerte en la cruz del basurero”, pero que moriría en paz por haberse sentido instrumento pobre, ya que “alguien”, que la manejó, la hizo “vivir y morir resucitada”.

 

Había algo curioso en aquella escoba. Estaba formada por “muchas hojas de palmas unidas”, todas iguales y a la vez distintas, que no barrieron por separado, sino todas juntas, desde el primero al último servicio.

 

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