el sur también existe
Isa Solá
30
Septiembre 2016

Isa Solá

 

Me enteré unas horas después, cuando encendí el móvil y leí el titular de la noticia. Hube de leerlo varias veces más para asegurarme de que aquellos nombres que me resultaban tan familiares (Isa Solá, misionera española, Haití…) aparecían ligados realmente entre sí en los grandes medios y daban cuenta de la noticia jamás esperada: en pleno centro de Puerto Príncipe, dos desconocidos la habían asesinado a tiros para robarle el bolso. La primera reacción fue de incredulidad. Luego llegaron la indignación y, finalmente, la tristeza, la nostalgia.

 

Conocí a Isa Solá gracias a Manos Unidas en octubre de 2011. Junto a un grupo de compañeros periodistas y miembros de la entidad eclesial, tuve el gran regalo vital (siempre será una de mis experiencias esenciales) de recorrer durante diez días el país y comprobar cómo eran muchas las personas e instituciones que estaban levantado a los haitianos del aldabonazo del terremoto del 12 de enero de 2010 (más de 200.000 muertos y casi todo realmente por los suelos). ¿Cómo? A base de impulsar redes solidarias, de alumbrar comunidades hermanas. De ayudarse los unos a los otros y salir adelante.

 

Tenía los ojos azules, era rubia y muy guapa. Su aguda inteligencia iba estrechamente unida a una sonrisa inacabable. No costaba nada imaginar que su vida podía haber sido muy diferente de haber seguido el camino marcado en su Barcelona natal. Pero siempre lo tuvo claro: con solo 19 años decidió ser religiosa de Jesús-María. Su sueño era “ser misionera en África y vivir entregada a los hermanos, especialmente a los más pobres”. Y vaya si lo cumplió: estuvo 14 años en Guinea Ecuatorial al frente de una escuela para niños sin recursos. Pero el destino le tenía guardada una sorpresa: encarnarse plena y definitivamente en otra realidad, en otro continente. Sería hija de Haití, un país castigado durante siglos por todos los males de este mundo: la esclavitud, la corrupción, el colonialismo rapiñador, la violencia, la pobreza globalizada.

 

Llegó unos meses antes del seísmo que lo paró (aún más) todo. Siempre lo recordó como “la mayor tristeza” de su vida. Ese día, de pronto, se vio yendo a la carrera a la escuela en la que impartía clases para niños que eran como sus hijos: llegó y, bajo los escombros, aún se escuchaban voces que pedían auxilio. Empezó frenética a desenterrar, pero una segunda sacudida ocasionó el peor sonido de todos: el silencio total. La muerte avasalladora. Cuando volvió a la casa que compartía junto a otras hermanas de su congregación se encontró con que esta también había caído. Varias de sus compañeras estaban heridas. Siguieron días de vagar por las calles, de no dormir, de no comer. Siguieron días de tener que amputar ella misma brazos y piernas. Entonces lo vio claro, experimentó qué había realmente al otro lado del abismo que hasta ahora solo había ayudado a evitar en otros: “La gente deambulaba por las calles. Algunos se ponían violentos porque tenían hambre. Yo misma experimenté que el hambre te puede empujar a hacer lo que sea”. Desgraciadamente, al final su vida la segaron dos personas sin la más mínima esperanza.    

 

Sin embargo, Isa Solá tenía tanta fuerza que era impensable una retirada, un irse de allí, de su casa, dejando a los suyos. Creó un taller para esas personas a las que el terremoto había dejado sin brazos o piernas. Con su ayuda, ellas mismas participaban en la creación de sus prótesis e iban cada poco a adaptarse a su nueva extremidad paseando por sus instalaciones. Allí fue cuando la conocí. Allí, en ese ambiente relajado en el que personas rotas se aferraban a una esperanza, fue cuando me impactó su sonrisa. Porque no es poco lo que hacían con ellas: en la cultura haitiana, un lisiado es un castigado de Dios. Un paria, alguien sin futuro. Isa Solá y su gente les daban todo eso y les ayudaban a encauzarlo: con seguimiento psicológico, con búsqueda de salidas laborales o incluso con ayuda para que crearan su propio empleo a través de un programa de microcréditos.

 

Desde entonces, ya a través del contacto por el correo electrónico, he recibido de ella siempre una respuesta generosa en todo lo que le pedía. Me gustaba pensar en el próximo reportaje que le propondría (siempre busco la oportunidad para escribir de Haití). Sabía que tenía mil historias que contar, aunque, humilde en extremo como era, huía de aparecer como protagonista. Lo que nunca pude imaginar es que abriría los informativos en España para lo único que lo hacen los misioneros: con su asesinato.

 

Me reconforta algo. Se han cumplido dos frases que me regaló entonces. La primera: “Dios me dio la vida y esta ya no tiene sentido si no es para darla”. La segunda: “Me gustaría que me recuerden por haber vivido para los demás”. Todo se ha cumplido. Ahora te toca descansar y recoger lo sembrado: hoy compartes el banquete que nunca se acaba junto a Jesús de Nazaret.

 

Miguel Ángel Malavía

 

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