El Espíritu fue tu fortaleza,
el fuego que alimentaba tu vida.
Y en tu corazón, una decisión íntima e irrevocable:
dar la vida por todos, incluso por los que querían eliminarte...
hacer realidad el sueño del Padre:
un reino donde fuera posible vivir en fraternidad.
Danos, Señor, ese mismo Espíritu que sostuvo tus pasos
para que no nos rindamos nunca, aunque nos sintamos rechazados,
y pongamos nuestras vidas al servicio de tu reino.
Fermín Negre
