Que te lleven buenos vientos

Vientos de libertad y de valentía. Vientos de reconocer al resucitado, a la vida desbordante. Aires de fortaleza, de decidir dónde poner los cimientos.

La Iglesia no es un edificio construido y acabado, no es un lugar triste y opaco. Una superestructura que genere ganancias, que domine desde un poder político o presione a la gente para que termine haciendo lo que ella quiere.

La Iglesia es la comunidad de los que creen en el resucitado, que se cimienta en una certeza fundamental: arrancar de las garras de la muerte tanta realidad que está preñada del empuje vital de Dios Padre.

Sí, es cierto que hay tanta desventura en esta aventura que hay quien le saca partido. Es cierto que ha habido errores, que la calidad humana de los que seguimos las huellas del Maestro no es la que debiera ser. Pero es precisamente eso: parte de esa historia humana.

Pero hay héroes anónimos, multitud de ellos que no ocuparan una sola línea en la prensa, un segundo en las noticias televisadas. Eso no vende. No lo hace que tantos hombres y mujeres abnegados se están dejando la vida a jirones por hacer compañía; no tienen crédito los que hacen de ángeles de ancianos y los acompañan en el último tramo de su vida porque sí, porque les sale del alma; no hay lugar para los que se marchan lejos de casa a reconstruir un mundo que está en ciernes más allá de la propia seguridad; o aquellos que están entre los más pobres y los dignifican; no sabe nadie de los constructores de la paz, los mediadores, que ante el horror de la guerra se han arremangado y se han puesto a rebuscar a ver de dónde sacar algo de cordura, y trabajan  porque se encuentren los contendientes y dialoguen; no se hacen famosos los que dibujan sonrisas en el rostro de los niños de la calle, tampoco los que hacen esfuerzos por alfabetizar para que los propios países, su paisanaje, sean los que los saquen de la miseria; nadie sabe por las noticias de quiénes acompañan a los enfermos de forma gratuita y desinteresada, o de los que entran en las cárceles para hacer más dignos a los que perdieron la libertad y el norte, a fuerza de errores propios, heredados o provocados; tampoco son dignos de mención quienes han visto más allá del rostro triste del SIDA a personas a las que amar y se han puesto de su lado y los miran con ternura; nadie se acuerda de nombrar a los que derraman cariño en las heridas de los niños y niñas maltratados y hacen de madres y de padres y de hermanos y hermanas, tampoco a aquellos que se dedican a la educación de los más pequeños sin más interés que el de construir hombres y mujeres sanos...y un larguísimo etcétera.

No escribo ideales no realizados, o un querer ser que no se dé, sino poniendo rostros concretos a tantos y tantos. Son un ejército esforzado y silencioso. Todos ellos tienen la marca del resucitado. Tienen el nombre de la Iglesia, de la comunidad de seguidores de Jesús.

Si algún día hicieran huelga de manos caídas el mundo, simplemente, se pararía.

A lo largo de la historia, también la de Europa, hay nombres de gentes que hicieron de su vida una ofrenda a los más necesitados. Con ellos, con sus nombres, empedraríamos un camino de aquí a las estrellas, al cielo que ellos soñaron para todos. Inventaron recursos, escuelas gratuitas, hospitales para pobres, préstamos sin interés, creyeron que había alma donde otros veían sólo carne. Hombres y mujeres que reinventaron la historia para que cupieran en ella los que se quedaban en las afueras. Muchos de ellos son unos perfectos desconocidos, otros están en el recuerdo de unos pocos.

Esta historia de salvación, en la que muchos adquirieron la dignidad de personas, está construida con la honrada coherencia de quienes se creyeron que la donación era la más alta forma de felicidad.

Sabemos que hay un impulso que animaba su interior para buscar cómo romper las barreras de la incomprensión, de la desigualdad entre ricos y pobres, de la injusticia con nombre disfrazada de justicia. Sabemos que tuvieron que sacar las fuerzas de donde no las tenían y que ahí alentaba algo superior a su propia mísera realidad.

Hoy se vuelve terca la realidad de los que están tensando la cuerda para que se haga verdad un mundo nuevo y distinto. Nada va a callar la molesta insistencia de los que llaman a las puertas de la vida porque los acompañan hermanos y hermanas que hacen camino con ellos. Nada va a callar a quienes se convierten en la voz sorda de los que llevan en andas al mundo a otro sitio distinto de la incomprensible repartición injusta de las riquezas, los recursos, el cariño o la dignidad. No lo hace porque hay un eco que se repite con el aire, y ese aire es el Espíritu.

La Iglesia y la sociedad están recreándose constantemente porque ese Espíritu de Jesús se abre paso en la historia por medio de los corazones, y los brazos, y la inteligencia, y la imaginación, y las manos de los que se dejan llevar por un ir más lejos para que todos sean.

No falla nunca, no ha fallado a lo largo de toda la historia. No lo pueden callar. Porque sucede en el innumero de quienes se hacen voz de los que no la tienen, porque su aliento es de vida y se realiza cada vez que se pone carne a la pena y se corrigen desigualdades, injusticias, desmanes, opresiones, muertes... todo ello con la alegría de saber que hay un impulso vital que nos acerca más a Dios Padre.

Hablar del Espíritu hoy no es hacer un tratado teológico, es dejarse llevar por ese viento de libertad, por esos buenos vientos que se ciernen sobre todas las velas apenas son desplegadas. El Espíritu de Jesús es la fuerza que se experimenta en el corazón de cada persona que desea ser como Él y se desborda de amor acompañado. Es presencia que reaviva.

Dios no es una entelequia ni un invento, aparece apenas se busca en el interior de la pregunta sobre nosotros mismos y la realidad. Pero lo hace más aún en la fuerza transformadora que late en el fondo de todo el universo, se abre y dinamiza en cada ritmo que acerca al absoluto, a la realización plena.

Intentaran silenciar lo imposible, nadie puede ponerle puertas al aire, nadie puede negar lo evidente.

Pedro Barranco