Ser puente

Toda corriente de agua se desliza entre dos márgenes. Márgenes que detienen y ordenan. Que impiden invadir los campos. Que trazan el camino.
Dos márgenes que permiten que el agua forme un todo para realizar su tarea:
regar las planicies a través de las cuales se desliza.

Esas márgenes están distantes una de la otra...
Pero intentan aproximarse y unirse...
Casi se funden cuando sobre ellas se extiende un puente.
Si se mira atentamente el puente, se observa que realiza una excelente obra:
Aproxima las dos separaciones con un abrazo amigo.

Con un diálogo silencioso hace converger las dos orillas.
Como una mano extendida fraterniza a los extraños.
Si el puente tuviese sentimientos, podríamos decir sin miedo
que el puente se siente feliz. Feliz por ser capaz de hacer a otro feliz.  
Y nunca se recoge más felicidad que cuando se da felicidad.

El puente tiene para cada uno de nosotros un profundo y significativo simbolismo.
Su misión silenciosa y perenne es la de unir y aproximar.
De acortar distancias. De deshacer abismos.

Ante un puente se nos ocurren estas reflexiones que alguien escribiera:
"Me admira el puente, ojeo el puente, escucho al puente, y dice:
'Soy fuerte, terriblemente fuerte. Resisto a todo y permanezco siempre estático,
perseverante en el mismo puesto de servicio.
¿El secreto de mi fuerza? ¿El secreto de mi perseverancia?
¿El secreto de mi grandeza?
¡Nací para unir! ¡Vivo para unir! ¡Sirvo para unir!
¡Cómo me gustaría ser puente!
¡Para unir la tierra y el cielo!
Unir a los desunidos. Unir a los desencontrados. Unir los corazones.
¡Sé como el puente! ¡Ayuda a unir!
Cada día puedes ser puente.