Sueño y realidad

Solzenitsyn dice de un personaje en una de sus novelas: “Tenía el mayor amor y consideración posible por la humanidad, y por eso mismo odiaba fieramente a cualquier ser humano que afeara ese ideal tan horriblemente”. Bertrand Russell escribe de un amigo suyo que tenía “un gran amor por la humanidad, junto con un odio desdeñoso hacia la mayor parte de los hombres.” Y Snoopy lo ha dicho aún con mayor concisión: “Amo a la humanidad. A quien no puedo aguantar es a la gente”.

Un compañero jesuita que probablemente no conocía estas citas, me dijo una vez con gran sentimiento y verdadera preocupación: “Yo amo a la Compañía de Jesús con toda mi alma; incluso puedo llegar a decir con verdad que es el mayor amor de mi vida. Por eso mismo no puedo aguantar a estos jesuitas jóvenes que se portan de manera tan distinta de las tradiciones que nos enseñaron a nosotros. Estoy encargado aquí de algunos de ellos y me resulta una situación insostenible.” Amaba tanto a la Compañía ideal de sus sueños que había llegado a rechazar la Compañía real de su vida diaria. Amaba las reglas y las constituciones, pero sentía animadversión hacia jesuitas de carne y hueso. Amaba la historia de la Compañía, pero repudiaba su presente. Se había olvidado de que la mejor manera, la única manera de amar a la Compañía de Jesús es amar a jesuitas, y a jesuitas vivos, reales y jóvenes. Había dejado que su imagen de la Compañía ideal se entrometiera y, al final, acabara con sus relaciones con jesuitas de verdad. Sé muy bien lo mal que lo pasó – y se lo hizo pasar a los demás -.

Dietrich Bonhoeffer fue director de un seminario en Finkenwalde antes de la guerra. Allí él, que más tarde habría de conocer la soledad de una celda en la prisión, tuvo ocasión de ver y vivir plenamente la realidad de la vida en común, reflexionó sobre ella y trasladó más tarde a un libro las lecciones de esa experiencia privilegiada . Su primera lección es precisamente el peligro de soñar con la comunidad ideal y el efecto desastroso que puede tener en la vida de cualquier grupo religioso. “Quien ama a su sueño de la comunidad más que a la misma comunidad cristiana, la destruye.” Quien tal hace, juzga, acusa, condena. Declara sus esperanzas fallidas y acusa a los demás del fallo. Exige que su sueño sea realizado, y lo exige en nombre de Dios que, según él, es quien ha dado origen a ese sueño. Y por fin, acaba quejándose de Dios mismo, que no se preocupa lo bastante de su pueblo y no le obliga a hacer lo que ciertamente sería mejor para todos. En vez de unir, divide; en vez de animar, ataca, y no para hasta destruir la hermandad misma que profesa servir. “Son innumerables las veces en que la comunidad cristiana se ha deshecho porque había nacido de un puro sueño”.

Un jesuita joven me descubrió una vez la primera gran crisis de su vida religiosa. Había entrado en el noviciado con plena inocencia, creyendo que cada jesuita era un santo, y cada casa de jesuitas un paraíso, y se las había arreglado para mantener tan elevada idea de la orden hasta que le tocó ir a una casa donde se encontró atrapado en una lucha de poder a poder entre dos padres con sendas autoridades conflictivas; y en su tierna inexperiencia pudo ver en ellos algunos de los aspectos más ruines de la naturaleza humana cuando se desmanda. Se quedó de una pieza. ¿Dónde estaba ahora? ¿Dónde estaba la “Compañía de Amor en que él había entrado? ¿Dónde estaba su sueño? Se encontraba deshecho, angustiado, desconcertado. Necesitaba consuelo y ánimo, más que consejo o dirección.

Entre otras cosas que le dije, le conté a modo de parábola cómo una vez asusté a un joven que me pedía consejo sobre su matrimonio en peligro, diciéndole que la única solución que tenía para salvarlo era el divorcio. No se había imaginado que su situación era tan desesperada, y en todo caso no se esperaba semejante salida de una persona “oficial” como yo. Le expliqué: tenía que divorciarse de la mujer con quien se había casado, de la imagen ideal de la esposa perfecta que él mismo se había formado en su mente y había llevado de la mano al altar en pura fantasía romántica. Había adorado siempre la imagen de su mujer y se había ido distanciando poco a poco de la mujer de carne y hueso que era su esposa. Lo que ahora tenía que hacer era divorciarse del sueño y volverse a casar con su propia mujer – que era una persona admirable y capaz de hacerle feliz una vez que le permitiese entrar en su vida tal como era ella. Luego le aconsejé a aquel joven jesuita que renovase mentalmente sus votos, su entrega a la Compañía, a la Compañía auténtica y real que estaba comenzando a conocer, no tan ideal, pero tampoco menos maravillosa que la que él había soñado. La entrega tendría ahora mayor valor, porque se haría con más conocimiento de causa.

El sueño de la comunidad ideal es el primer enemigo de la comunidad real . El segundo enemigo viene de la dirección opuesta, aunque en la práctica acarrea un peligro muy similar, y al final causa los mismos estragos. Ese enemigo es una actitud de pesimismo, desaliento, desesperación por no llegar nunca a poder hacer algo para crear una verdadera unión de mentes y corazones y una vida de comunidad auténtica. En su peor aspecto, esa actitud se hace cinismo y se ríe con desdén de todo esfuerzo por fomentar la unión, ya sean documentos de Roma o sesiones de dinámica de grupo. Todo se ha probado y nada ha dado resultado. Inútil volver a intentarlo. Pura pérdida de tiempo y adulación servil a las autoridades, que insisten en que se haga algo y a quienes hay que enviar de cuando en cuando un informe oficial de lo que se ha hecho a tal efecto. La vida de comunidad no funciona, y más vale dejarla en paz. Guarda distancias, deja en paz a los demás, defiende tu derecho a que los demás te dejen en paz, y vive tu vida. Un provincial jesuita me dijo una vez en persona las siguientes palabras: Si quieres afecto en la Compañía… ¡Cómprate un perro! Quizá no sabía que la voz cínico viene de una palabra griega que quiere decir perro, y describe la mueca de quién gruñe como los perros.

La vida célibe, una formación ascética, el duro trabajo y la competencia que no perdona pueden hasta cierto punto endurecerlos sentimientos de una persona y dañar su vida afectiva. Pero, por el contrario, una mente virgen, un corazón abierto, una afectividad intacta y el carisma de amor universal que el sacerdocio y los traen consigo pueden aumentarla sensibilidad, enriquecer el afecto y contribuir con una profundidad desusada y una belleza nueva a las relaciones humanas de una persona consagrada a Dios. Para todo hombre o mujer que ha hecho unos votos, es aventura íntima y personal encontrar en su vida el equilibrio delicado y gozoso entre la entrega y la renuncia, entre el dejar y el pertenecer, entre la amistad humana y la soledad del corazón, entre la sociedad y la clausura. La vida consagrada es un feliz anticipo en este mundo de lo que ha de se la vida en la Ciudad de Dios y, como tal, lleva en sí misma la semilla de las relaciones más verdaderas y del mejor amor. Hacer que esa semilla crezca y fructifique es el gran reto – y el gran privilegio – de la vida religiosa.

La realidad en la vida de un grupo religioso está a medio camino entre el ideal imposible y el cínico desdén. Reconocer y aceptar esta realidad es la condición básica para enfocar hacia el éxito cualquier esfuerzo de entendimiento mutuo y de vida en común. El ideal soñado tiene una idea demasiado alta de la comunidad, mientras que el desprecio cínico tiene una idea demasiado baja de sus miembros, y ambas actitudes consiguen el mismo lamentable resultado de hacer imposible en la práctica la vida compartida del grupo.

No solo es la política la que es el arte de lo posible, sino la vida misma . Lo posible es lo real y a ello hay que atenerse. El grupo que conozca sus propias dificultades, acepte sus limitaciones, no olvide frustraciones y fracasos pasados, y al mismo tiempo tenga conciencia de su valor, reconozca las cualidades innegables de cada uno de sus miembros y valore positivamente cada esfuerzo y cada avance hacia una mayor comunidad de pensamiento, de trabajo y de vida, tiene la mejor garantía de que llegará a encontrarse a sí mismo y a seguir avanzando en el camino de la unidad. El realismo sincero es la base primera base del éxito.

En nuestro caso, el realismo, además, se encuentra reforzado por la fe. No somos una sociedad de negocios ni una fábrica. Nuestro objetivo no es la eficiencia ni la productividad. No nos juntamos al azar ni nos elegimos unos a otros. Nos empuja en nuestra vida una fuerza común, en la que reconocemos una llamada, una providencia, una vocación. No son nuestras preferencias personales las que nos unen. Oí una vez que se proyectaba abrir una casa religiosa en cierto sitio de la siguiente manera. Se escogería primero al que iba a ser superior; luego él escogería a un amigo suyo como segundo miembro del grupo, y ambos juntos invitarían a un amigo común a que se les uniera, repitiéndose el proceso hasta completar el número. No sé si se llevó a cabo el proyecto, pero quiero comentar que, aparte de que el sistema no parece práctico, y causaría reacciones adversas por parte de otros grupos, esa no es nuestra manera de acercarnos unos a otros y formar grupo. No es probable que Simón el Zelote hubiera escogido a Mateo, el recaudador de impuestos: uno era un patriota ardiente y el otro un odiado colaboracionista. Nada les podía haber hecho acercarse el uno al otro y vivir en paz. Pero fue otra voz la que los llamó, y ambos se sentaron juntos al lado de Jesús.

Incluso cuando la amistad contribuye a formar un grupo, como sabemos que lo hizo en el caso de Ignacio y sus compañeros, adivinamos allí también la actividad callada de un orden superior. Las circunstancias son los dedos de la mano de Dios, y un encuentro accidental es providencia eterna. Por muy personales que sean las circunstancias de nuestra vocación individual, más tarde o más temprano vamos cayendo en la cuenta de que no era una llamada aislada, de que nuestras vidas estaban llamadas a encontrarse, y de que es con otros y a través de otros a nuestro lado como hemos de hacer realidad nuestras esperanzas, librar nuestras batallas y alcanzar nuestra meta. La acción de Dios entre los hombres, desde el pueblo errante hasta el pequeño rebaño, se ha actualizado con preferencia a través de un grupo, una familia, un pueblo. Esa es nuestra herencia. En esa tradición nos colocamos. En esa continuidad se basa nuestra esperanza de vivir como hermanos. En un mundo que está herido, dividido, dispersado, Dios establece en la múltiple maravilla de su poder células de gracia para unir y reconciliar y sanar como signo de su presencia actual y de su voluntad de salvar. Eso es lo que somos: una imagen, una muestra, una prenda de lo que ha de ser la vida en la casa del Padre. Somos un signo, una garantía, una parábola, una promesa. Y esa promesa es nuestra vida. Por mínimo que sea nuestro grupo y por frágil que sea nuestra unión, representamos la Palabra de Dios, encarnamos su providencia, mediatizamos su acción. Vivimos en una tienda batida por el viento en un desierto hostil. Pero el desierto es Sinaí, y la tienda abriga a hijos del pueblo de la Esperanza.

“Viviendo juntos”, Carlos G. Vallés

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