La gran final se celebraba en el bosque cercano a la localidad y siendo una fiesta de todos, la vida en el pueblo, quedaba paralizada por el evento. Los poderes fácticos del pueblo, el alcalde, el juez de paz, la doctora, etc. Eran el jurado que daría fe de la victoria de uno de los dos.
Bien temprano por la mañana, el alcalde presentó a ambos participantes y disparando una salva al cielo dio por empezada la final. Los dos leñadores pusieron la carne en el asador desde el principio y aserraron con todas sus fuerzas. Cada cierto tiempo uno de ellos solía echar un vistazo de reojo al rendimiento del otro y descubría a su contrincante sentado cada cierto tiempo. Cuando lo veía así se decía para sus adentros -Vamos, vamos el torneo es tuyo! ¡No desfallezcas, apúrate!
Pasaban las horas y cada vez su confianza era mayor -no cabe duda que venceré, ¡puedo aguantar sin parar hasta el final!-. Así siguieron hasta que entrando la noche, bajo el tenue fulgor de las luces de la gente allí congregada, el alcalde anunció el fin del torneo.
Pasaron el reencuentro y empezaron con el leñador que no había desfallecido ni un solo momento, contaron y contaron, uno, dos... veintiséis, veintisiete, veintiocho y... ¡veintinueve! El público saltó de júbilo, se había batido el récord otra vez, era una circunstancia histórica y ellos habían tenido la oportunidad de verlo, sin embargo el primer leñador mostraba el enfado y gritaba -¡Aquí ha habido trampa! ¡No puede ser! Yo no descansé y trabajé con tanto ahínco que nadie hubiera podido superarme ¡y menos el que descansó de tanto en tanto en cuando!-. El ganador se acercó a él, se enjugó la cara de sudor y le dijo: -Yo no estaba descansando amigo, estaba afilando la sierra.
Víctor Amat
