La oveja con piel de lobo

Hubo una vez una oveja cansada de huir de los lobos cada vez que estos asaltaban su redil, pero más cansada todavía con la actitud pasiva y dócil de sus hermanas, abandonadas a su suerte y resignadas a que tuvieran que ser siempre los perros o los pastores los que plantaran cara a aquellas bestias sin que ellas supieran hacer nada.

Un día, cansada de huir, decidió abandonar el redil; había perdido toda ilusión, no le importaba morir, aunque eso sí, luchando valientemente por su libertad y por su dignidad de oveja. Y así fue como se refugió en las montañas. Al principio tuvo miedo, era la primera vez que dormiría sola, lejos del rebaño, pero no estaba dispuesta a seguir siendo una dócil e indefensa ovejilla a expensas de las bestias salvajes.

Estando en uno de esos pensamientos, divisó a un lobo que parecía dormido junto a un arroyo, Sin duda estaría durmiendo la siesta después de haberse pegado un atracón de ovejitas. Un sudor frío le recorrió el cuerpo, pero sin dejarse dominar por el miedo, agradeció al dios de las ovejas la oportunidad que le daba de vengarse de aquella fiera; así que empujando con su cabeza una roca enorme la hizo rodar hasta donde estaba el lobo; cuando este quiso darse cuenta de lo que se le venía encima ya era demasiado tarde; la roca lo arroyó y aplastó entre los balidos de alegre venganza de la oveja. Aquel lobo era su primera víctima, pero no sería la última.

La oveja, fuera de si, despedazó como pudo al lobo y arrancándole a mordiscos la piel se la ajustó a su propio cuerpo. “Tal vez, -pensó la oveja- no sea el animal más fiero del bosque, pero sin duda puedo ser el más inteligente”. Y así fue como la oveja decidió vestirse con piel de lobo para evitar ser devorada. Si no podía derrotar al enemigo se uniría a él.

Fue una gran estrategia, pues la oveja pronto perdió el miedo y logró unirse a las manadas de lobos que deambulaban de aquí para allá en busca de indefensas víctimas. Al principio no le resultó fácil, pues no tenía ni la fuerza ni la agilidad de los lobos, y sobretodo no tenía su temible aullido; pero poco a poco fue aprendiendo a desenvolverse como ellos hasta el punto de engañarles por completo.

Un día, la oveja tuvo que acompañar la manada de lobos a asaltar el que había sido su propio redil. “¿Qué puedo hacer?” pensaba la oveja con piel de lobo. “No puedo atacar a mis hermanos y hermanas, pero si me niego pueden descubrirme y morir también yo”. La oveja supo que debía de elegir entre ella y los suyos, así que haciendo de tripas corazón decidió dejar a un lado sus prejuicios morales y convertirse definitivamente en un lobo, matando incluso a los suyos si hacía falta.

En el asalto al redil todo fue según lo previsto. La oveja con piel de lobo llegó incluso a disfrutar ante aquella masacre de inocentes. Nunca hubiera imaginado que se pudiera gozar tanto degollando y aniquilando animalillos cuyo única defensa era su ridículo balido. Pero en mitad del baño de sangre vio como uno de los lobos perseguía a una oveja a la que pronto reconoció: era su madre, una oveja grande pero vieja que pronto caería en las garras de aquel lobo. De repente todo aquel éxtasis de muerte se le hizo insoportable y un dolor desgarrador se apoderó de su alma. ¿A qué le había llevado su afán por dejar se ser cobarde sino a una locura de violencia y muerte?

Y la oveja con piel de lobo, rota de dolor, embistió al lobo que perseguía a su madre enzarzándose ambos en una lucha sin cuartel. En el fragor de la batalla ambos contendientes se dieron cuenta de que algo extraño ocurría alrededor. Todos, lobos y ovejas les miraban aterrados siendo ellos los únicos que seguían enzarzados en la lucha. Cuando exhaustos se detuvieron, pudieron saber por qué ya nadie perseguía a nadie sino que todos habían quedado inmóviles, con la mirada inundada de pavor.

Y es que en mitad del redil dos ovejas de las que pendían viejas pieles de lobo muerto se degollaban una a otra. La oveja con piel de lobo no daba crédito a sus ojos. Miró como nunca antes había hecho y un sudor frío le inundó. Aquella manada no era de lobos, sino de ovejas con piel de lobo, como ella; una manada de animales que habían llegado a ser más feroces y salvajes que los propios lobos a los que el miedo les había llevado a imitar de forma tan magistral como terrorífica.

Y es así como dicen que en esta vida no hay animal más salvaje que la oveja vestida con piel de lobo. Cuando el débil se quiere hacer fuerte su ferocidad no tiene límites, aunque como siempre, su violencia siempre vuelve sobre los suyos, los inocentes. No hay mayor culpabilidad ni injusticia que la inocencia defendida con violencia. El miedo y la venganza no son los mejores aliados contra la injusticia, pues esta siempre termina recayendo sobre aquello de lo que se quiere huir, empezando por nosotros mismos. La injusticia defendida con ira siembra semillas de injusticias mayores.

Pascual Saorín.

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