En el vientre materno

Dos gemelos hablaban entre sí en el vientre de su madre.

La hermana dijo al hermano:

- Creo que hay vida después del nacimiento.

Su hermano contestó airado:

- No, no, esto es todo lo que hay. Éste es un lugar oscuro, pero acogedor, y no tenemos otra cosa que hacer que aferrarnos al cordón que nos alimenta.

La niña insistía:

- Tiene que haber algo más que este oscuro lugar. Tiene que haber otra cosa, un lugar con luz donde haya libertad de movimientos.

Pero no pudo convencer a su hermano. Después de un rato de silencio, la hermana dijo tímidamente:

- Tengo algo más que decirte y temo que esto tampoco lo creerás, pero creo que hay una madre.

Su hermano se puso furioso:

- ¿Una madre? ¿De qué estás hablando? Nunca he visto a ninguna madre, y tú tampoco. ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? Ya te lo he dicho. Este lugar es todo lo que tenemos, es todo lo que existe. No hay nada más. Éste no es un lugar tan malo, al fin y al cabo. Tenemos todo lo que necesitamos, así que quedémonos satisfechos.

La hermana estaba bastante abrumada por la respuesta de su hermano y no se atrevió a decir nada más durante un rato. Pero no podía abandonar sus pensamientos, y como sólo tenía a su hermano para hablar, dijo por fin:

- ¿No notas estos apretones de vez en cuando? Son bastante molestos y, a veces, incluso dolorosos.

- Sí, -contestó él-. ¿Qué tienen de especial?

- Yo creo que estos apretones están para que nos preparemos para otro lugar mucho más hermoso que éste, en el que veremos a nuestra madre cara a cara. ¿No te parece emocionante?

- ¡Otra vez con la madre! ¿Tú crees en una madre? Entonces, hazme el favor de decirme, ¿dónde está?

- Bueno, aquí, en todas partes. Nosotros vivimos en ella y gracias a ella. Sin ella no podríamos existir.

- ¡Anda ya! Yo no he sentido nunca a una madre. Así es que no existe.

- Algunas veces cuando estamos muy calladitos, la puedes oír cantar. O sentirla cuando acaricia nuestro mundo. Yo de verdad creo que nuestra vida de verdad empieza entonces, cuando nacemos…

Henri J. M. Nouwen