Enamorado

- Te amo. Sabes que te amo como a nada en el mundo. Daría la vida por ti. Nadie podrá separarnos nunca, Felisa -el hombre, vestido con traje y corbata, de rodillas, con las manos sobre el corazón y la cabeza gacha, hablaba con una gran foto que había colgada en la pared del dormitorio. Una foto de una mujer joven, de grandes ojos negros y sonrisa tenuemente clara, que miraba hacia el frente, a lo lejos, más allá del horizonte.

- No he conocido a nadie que me quiera como tú, que responda a mi vida como tú lo haces, que me saque de las angustias que pueblan esta existencia sólo con elevar hacia ti una petición confiada. Eres más cercana a mí que yo mismo -la gran foto de la mujer tenía dibujadas, alrededor, bellas muestras de cariño: la luna a sus pies, las estrellas adornando su pelo, un vestido largo bordado en oro que cubría su cuerpo con elegancia.

- Pídeme lo que quieras como respuesta a mis súplicas, que lo haré. Déjame rozar levemente sólo una esquina de tu manto. Devuélveme la vida con tu sonrisa, y caminaré hasta donde quieras, descalzo, de rodillas, por ti. Cruzaré mares, atravesaré desiertos, coronaré cordilleras enteras para encontrarme contigo -dos jarrones, junto a la imagen, rebosaban de flores naturales: narcisos, gladiolos, rosas, claveles, nardos, azucenas impregnaban con su olor la habitación y daban más belleza si cabe al conjunto. Una vela iba desgastándose ante ella, como símbolo de la vida que esperaba la unión con el ser amado.

- ¡Oh, Felisa, escucha mis súplicas, no hagas oídos sordos a mis gritos! ¡Tú sabes que no hay nada capaz de separarme de ti, que me arrancaré el corazón antes de que pertenezca a otra persona! ¡Eres el todo, el único sentido que tiene mi pobre vida! ¡Eres, oh Felisa...!

- ¡Alfredo! -un grito llegó desde el piso de abajo- ¡Alfredo, Felisa está aquí! Dice que si quieres salir a tomar algo con ella.

- ¡Eso es imposible! Si llevo con ella toda la tarde -contestó Alfredo, mirando, extrañado, hacia la puerta.

- ¡Estoy hasta los pelos de tanta chorrada, Alfredo! ¡Te digo que Felisa está aquí, en la puerta del piso! ¡En persona, no en una foto rodeada de flores y velas! ¡Así que ve bajando, tonto de capirote, y salúdala; o quédate ahí con tu foto, que yo, a fuerza de esperar con ella a que tú bajes de tu capillita particular, me estoy enamorando! Será posible, todos los días lo mismo...

Alfredo miró otra vez la foto. Luego volvió la cabeza hacia la puerta cerrada. Lentamente, temblando, se levantó. Rascándose la cabeza, sin entender nada, salió del cuarto y comenzó a bajar las escaleras.

J. M. Llamas

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