El joven universitario

Cuentan que un joven universitario apretaba el pequeño pez de madera en su bolsillo cada vez que sus compañeros de universidad se burlaban de las religiones. Sentía un nudo en el estómago y bajaba la mirada, atrapado por el miedo al rechazo y a las etiquetas. Para él, callar era una armadura, pero también un peso que le apagaba la alegría.

Un martes de lluvia, se quedó atrapado en la biblioteca junto a Sofía, la alumna más destacada y franca de su clase. Mientras esperaban que escampara, el viento abrió de golpe una ventana, derribando el bolso de Sofía. Al ayudarla a recoger sus cosas, Mateo vio un pequeño libro de oraciones que cayó al suelo. Sorprendido, la miró a los ojos.

—Sí, soy cristiana —dijo Sofía con una sonrisa serena, sin pizca de vergüenza.

—¿No te da miedo que te juzguen? —susurró Mateo, mirando a su alrededor.

—Al principio sí —respondió ella—. Pero aprendí que la verdadera confianza no es esperar que el mundo te aplaudda. Es saber quién eres y en quién has creído. Cuando dejas de esconderte, descubres que tu autenticidad inspira a otros a ser libres.

Las palabras de Sofía resonaron en el corazón de Mateo como un eco lejano pero seguro. Al día siguiente, durante el almuerzo, el grupo comenzó a debatir con cinismo sobre la fe. Mateo sintió el vacío de siempre en el estómago, pero esta vez recordó el pez de madera y la calma de Sofía.

Respiró hondo, soltó el amuleto y habló.

—Yo veo la fe de otra manera —dijo Mateo con voz clara—. Para mí es esperanza y motor cada día.

El grupo guardó silencio, sorprendido. No hubo burlas, solo una curiosidad respetuosa que abrió paso a una conversación honesta. Mateo sonrió por primera vez en meses; descubrió que la confianza no elimina el miedo, sino que te da la fuerza para caminar por encima de él.