El viejo faro

El viejo faro de la isla llevaba años apagado, pero la casa de Mateo siempre tenía la luz de la cocina encendida.
Una noche de tormenta brava, el mar arrojó a la orilla una pequeña barca con diez personas exhaustas, empapadas y temblando de frío. Mateo no entendía su idioma, ni ellos el suyo, pero el idioma del hambre y del miedo es universal. El anciano los guió hasta su hogar, avivó la chimenea y compartió las pocas mantas y el gran caldero de sopa caliente que tenía. Al recibir el cuenco, una joven madre miró a Mateo a los ojos y, con una lágrima corriendo por su mejilla, le sonrió en silencio. En ese instante, entre el rugido del viento exterior, el frío del viaje quedó atrás y el salón se transformó en el lugar más seguro del mundo: un verdadero hogar.