Loa rostros, Manos Unidas

 

Hay rostros que irradian lecciones de vida. Se puede aprender mucho de ellos. Contemplarlos, escudriñarlos y fotografiarlos ayuda a recolocar prioridades vitales y acortar distancias sociales.

Manos Unidas también tiene rostro. Una fisonomía muy rica. Con semblantes, tan diferentes como necesarios, que dan sabor universal en tiempos insípidos y de cicatería donde las mascarillas ocultan la boca, pero no sacian el hambre.

Yo sigo aprendiendo con los gestos de Manos Unidas. Son libros abiertos con cicatrices de un duro pasado, arrugas resistentes a las lágrimas y sonrisas que brotan de agradecimiento. Todo a un tiempo. Expresiones que plantan cara al conformismo o a las injusticias y que lucen en primera persona para exhibir que «otro mundo es posible» si estrechamos esfuerzos.

Estudio con atención las facciones marcadas de un antiguo guerrillero criado «con alcohol de maíz tostado» y reconciliado con su pasado. Me aplico como alumno para escuchar, con temblor en el corazón, a quienes luchan por una tierra, un techo y pan para sus hijos, con salarios de hambre y amenazas de muerte.

Lloro con el testimonio de mujeres violentadas que se han unido para defender sus derechos y recuperar, con ayuda de pocos y con muchos sinsabores, la dignidad vapuleada. Y ejercito la sonrisa contagiosa con una niña que celebra la llegada de agua potable a su casa prefabricada, cubierta de chapas por donde escapa la lluvia.

Más que proyectos, los rostros de Manos Unidas son lecciones. Porque se mojan en los procesos de vida, fraternalmente. Es una amistad social que nace de las comunidades y organizaciones con las que colabora. Evocan y provocan, en estos retratos reales, mejoras visibles. Son radiografías que acortan las fronteras existenciales. Conocen al prójimo sin pasar de largo. Desafían al miedo y ponen nombre al hermano que habita esta casa común donde cabemos todos. Cuidan y atienden por igual, sin discriminar, para evitar que mueran por coronavirus, por hambre o viceversa.

Estos semblantes se transforman al entrar en contacto con esta ONG de desarrollo. Lo hacen a través de las manos samaritanas de los misioneros y contrapartes que, en todo tiempo y lugar, enjugan el semblante de un Dios que llora, ríe y ama con su pueblo confinado.

Con sus palabras y campañas sensibilizan e invitan a la ayuda; con sus proyectos, ejecutan los gestos que dan coherencia a su existencia. Manos Unidas destapa la verdadera cara de la pobreza para, en definitiva, aprender a reconocer los rostros de Dios entre los últimos de su Pueblo y mostrar la misericordia del Padre.

Texto de Antonio Montero. Director de «Pueblo de Dios» (TVE).

Este artículo fue publicado en la Revista de Manos Unidas nº 214

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