Cabo Delgado

Aunque hace ya más de una década que en la provincia mozambiqueña de Cabo Delgado no se respira la paz, el conflicto tal cual se conoce a día de hoy no empezó a dar la cara hasta 2017. 

Situada al norte de Mozambique, en el límite con Tanzania y el Océano Indico, los 100.000 km² de la provincia de Cabo Delgado albergaban, hasta que comenzaron los desplazamientos provocados por el conflicto, a más de 1,5 millones de personas dedicadas mayoritariamente a la pesca y la agricultura.    

Monseñor Alberto Vera, obispo de Nacala, lleva años acogiendo en su diócesis a personas que huyen desesperadas de la violencia derivada de un conflicto cuyo origen nadie tiene claro.

El conflicto de Cabo Delgado podría considerarse la guerra sin rostro. Unos dicen que tiene un trasfondo religioso, lo cual es falso; otros que es por las riquezas de la zona –y no se sabe quién está detrás, pero los rebeldes no dejan de enriquecerse– y otros dicen que es una guerra étnica. 

Para el obispo riojano, la extrema pobreza en la que vive la población de la zona, muy abandonada por el Estado, es, probablemente, uno de los motivos que alimenta un conflicto cada vez más violento y cruel.

 Aunque eso no es todo. La guerra tiene tres causas diferenciadas, pero no se sabe cuál de ellas puede ser el origen concreto de tanto mal.

La mayoría de estas personas son, según Alberto Vera, jóvenes “totalmente imbuidos por un radicalismo religioso extremo, que han abrazado las ideas wahabitas y que son capaces de condenar como herejes hasta a sus propios padres”. 

Si el motivo primero de esta guerra no está claro, saber quiénes son sus víctimas no ofrece ninguna duda: los pobladores de la región.

 

Personas, en su mayoría analfabetas, sin perspectivas de futuro, que viven al día de su trabajo en el campo o en el mar y que, de la noche a la mañana, si se produce un ataque de los rebeldes en su aldea, pueden perderlo todo, incluso la vida.

La declaración de la Comisión Episcopal de Justicia y Paz de Mozambique lo explica con claridad:

El conflicto armado está acentuando los niveles de pobreza y eclipsa el sueño del desarrollo. Además, el descontento que crea puede ser un foco para el origen de otro conflicto que diezme una población que ya está siendo reducida por los insurgentes.      

“En Cabo Delgado son las personas inocentes las que mueren o resultan heridas y abusadas. Estas personas ven violada la paz de sus hogares, destruidas sus casas y profanados los cadáveres de sus familiares. Y se ven obligadas a abandonar la tierra que los vio nacer y donde están enterrados sus antepasados”, aseguran los obispos de Mozambique.

Y estas personas, en su mayoría mujeres y niños, se ven así “empujados hacia un precipicio de miedo e inseguridad”. 

El número de desplazados por el conflicto en Cabo Delgado sigue creciendo. Son casi 700 mil personas en busca de paz y estabilidad, que soportan condiciones inhumanas: sin agua o comida y encontrándose cadáveres a cada paso. TWEET

Y de estas personas, casi 70.000 han encontrado refugio en la provincia de Nampula, unos en centros de desplazados y otros en los hogares de sus familiares, lo que lleva a que ahora “en casas en las que antes había 7 personas, ahora pueda haber hasta 30”, explica monseñor Vera. 

El obispo riojano hace mención a las múltiples dificultades con los que se encuentran estas personas.

"Los desplazados de Cabo Delgado viven en campos provisionales y necesitan atención urgente en salud y alimentación. Muchos llevan así 5 años... Quieren regresar, pero tienen miedo de los insurgentes” (Monseñor Alberto Vera).

Los niños y adolescentes son, hoy por hoy, los más perjudicados porque, como asegura el religioso español, en 2020 perdieron el colegio por la pandemia y en 2021 no hay condiciones de escolarización para todos.

Los proyectos con personas desplazadas ocupan ahora gran parte del hacer de la diócesis.

"Estamos ayudando a estas familias con alimentos y buscamos plaza en las escuelas públicas para los niños. Y para las mujeres hemos puesto en marcha proyectos de generación de ingresos por medio de la costura”.      

Los traumas por lo vivido han dejado una profunda huella entre los desplazados y, fundamentalmente, entre los más pequeños. “Por eso, explica monseñor Vera, tenemos un equipo de “Amigos das Crianças” (Amigos de los Niños) que atiende y da apoyo psicosocial a los desplazados”.

En Nacala, 500 niños desplazados por el conflicto de Cabo Delgado reciben atención psicológica en grupos pequeños, “lo que les ayuda a liberarse de los traumas vividos en sus aldeas y durante el camino; traumas que van desde la violencia hasta el asesinato”.

Manos Unidas: «Cabo Delgado: el conflicto sin rostro»

 

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