Sobre la exhortación apostólica "Gaudete et exsultate"

El Papa recuerda en su última exhortación apostólica, la Gaudete et exsultate, el llamado a la santidad que Jesús hace a todos los católicos. Siguiendo con su estilo de predicación, Francisco apela a la alegría y al optimismo frente al pasotismo de la sociedad.

El Papa nos ha vuelto a dar una gran lección con la nueva exhortación apostólica, Gaudete et exsultate (Alegraos y regocijaos), que trata sobre “la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo”. Son 117 puntos en los que Francisco vuelve a presentarnos el optimismo y la alegría que para todos nosotros supone tomarse en serio la llamada a la santidad. Una vez más, la alegría está presente en la nueva exhortación, la tercera del papa Francisco, tal como lo estuvo en Evangelii Gaudium y Amoris Laetitia.

El texto de Gaudete et exsultate está dividido en 5 capítulos, con los siguientes títulos: “La llamada a la Santidad”, “Dos sutiles enemigos de la Santidad”, “A la luz del Maestro”, “Algunas notas de la Santidad en el Mundo Actual”, “Combate, Vigilancia y Discernimiento”. A lo largo de la exhortación, Francisco recoge el testigo de sus predecesores Benedicto XVI y san Juan Pablo II para argumentar la llamada universal a la santidad, en hilo directo con el Concilio Vaticano II. Un tema que aparece en el capítulo V de la constitución conciliar Lumen gentium, en la que el Papa se ha inspirado en diversas ocasiones para distintas catequesis y discursos.

Una exhortación que recomiendo leer detenidamente, pues cada capítulo es una bella lección para todos. Por ejemplo, Francisco nos dice que “para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.

O cuando nos recuerda el pasotismo en el que vivimos, tan frecuente en nuestra sociedad: ”El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca, nunca, puede faltar la cruz”.

Pero también Francisco nos habla de esperanza: “La persona que ve las cosas como son realmente se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así, puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo, encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta experimentar que las distancias se borran. Así, es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: ‘Llorad con los que lloran'”.

Francisco nos dice que “cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una criatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?”

Preguntas que el Papa deja en el aire para que los responsables del mundo político, económico y social las respondan con acciones sinceras, porque, como apunta también, “no podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente… Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz”.

Por eso, insisto, debemos leer y sobre todo digerir despacio esta exhortación de Francisco que, según sus propias palabras, tiene un objetivo claro: “Hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades. Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”.

Por último, señalar que una exhortación apostólica es uno de los documentos escritos por un Papa como fruto de su magisterio. Es el tercero en importancia, tras las constituciones apostólicas y las encíclicas. Esto no significa que tenga menor rango que los demás, porque la importancia de un documento papal depende de su contenido y no de la forma. Se trata de mensajes de tipo pastoral escritos por el Papa para dar indicaciones concretas sobre una cuestión en particular, en este caso sobre la santidad. La exhortación apostólica establece directrices claras para que los católicos afronten con criterio las nuevas situaciones que plantea el mundo actual.

Rafael Ortega

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