La vida es vocación

¡Hermanos y hermanas!

Me alegra participar en este Congreso, promovido por el Centro de Investigación y Antropología de las Vocaciones, en el que estudiosos de diversas partes del mundo, cada uno desde su especialidad, debatirán sobre el tema "Hombre-mujer imagen de Dios. Por una antropología de las vocaciones". Saludo a todos los participantes y agradezco el cardenal Ouellet sus palabras: todavía no somos santos, pero esperamos estar siempre en camino para conseguirlo, ¡esta es la primera vocación que hemos recibido! Y gracias sobre todo porque, hace algunos años, junto con otras personas influyentes y buscando una alianza de conocimientos, creó este Centro para iniciar una investigación académica internacional destinada a comprender cada vez mejor el sentido y la importancia de las vocaciones, en la iglesia y en la sociedad. 

El objetivo de esta Conferencia es, en primer lugar, considerar y valorizar la dimensión antropológica de toda vocación. Esto nos remite a una verdad elemental y fundamental, que hoy necesitamos redescubrir en toda su belleza: la vida del ser humano es vocación. No lo olvidemos: la dimensión antropológica, que subyace a toda llamada dentro de la comunidad, tiene que ver con una característica esencial del ser humano en cuanto tal: es decir, que el ser humano mismo, la persona humana, es vocación. Cada uno de nosotros, tanto en las grandes elecciones que conciernen a un estado de vida, como en las múltiples ocasiones y situaciones en las que se encarnan y toman forma, se descubre y se expresa como llamado, como persona que se realiza en la escucha y en la respuesta, compartiendo su ser y sus dones con los demás para el bien común.

Este descubrimiento nos saca del aislamiento de un yo autorreferencial y nos hace mirar a nosotros como una identidad en relación: existo y vivo en relación con quien me ha generado, con la realidad que me trasciende, con los demás y con el mundo que me rodea, en relación con el cual estoy llamado a abrazar con alegría y responsabilidad una misión específica y personal.

Esta verdad antropológica es fundamental porque responde plenamente al deseo de realización humana y de felicidad que habita en nuestros corazones. En el contexto cultural actual, a veces se tiende a olvidar u oscurecer esta realidad, con el riesgo de reducir al ser humano sólo a sus necesidades materiales o exigencias primarias, como si fuera un objeto sin conciencia ni voluntad, simplemente arrastrado por la vida como parte de un engranaje mecánico. En cambio, el hombre y la mujer han sido creados por Dios y son imagen del Creador; es decir, llevan en sí mismos un deseo de eternidad y felicidad que Dios mismo ha sembrado en su corazón y que están llamados a realizar mediante una vocación específica. Por eso habita en nosotros una sana tensión interior que nunca debemos sofocar: estamos llamados a la felicidad, a la plenitud de la vida, a algo grande a lo que Dios nos ha destinado. La vida de cada uno de nosotros, sin excluir a nadie, no es un accidente del camino; nuestro estar en el mundo no es un mero fruto del azar, sino que formamos parte de un plan de amor y estamos invitados a salir de nosotros mismos y realizarlo, para nosotros y para los demás.

Por eso, si es cierto que cada uno de nosotros tiene una misión, es decir, está llamado a ofrecer su contribución para mejorar el mundo y configurar la sociedad, siempre me gusta recordar que no se trata de una tarea externa encomendada a nuestra vida, sino de una dimensión que implica nuestra propia naturaleza, la estructura de nuestro ser hombre-mujer a imagen y semejanza de Dios. No sólo se nos ha confiado una misión, sino que todos y cada uno de nosotros somos una misión: «yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante.»

Una eminente figura intelectual y espiritual, el cardenal Newman, tiene palabras esclarecedoras al respecto. Cito algunas de ellas:” He sido creado para hacer y para ser alguien para lo que nadie más ha sido creado. Ocupo mi propio lugar en los consejos de Dios, en el mundo de Dios: un lugar que no ocupa nadie más. Poco importa que sea rico o pobre, despreciado o estimado por los hombres: Dios me conoce y me lama por mi nombre. Él me ha confiado un trabajo que no ha confiado a nadie más. Tengo mi propia misión. En algunos aspectos necesito a su intención. Y continúa: «[Dios] no me ha creado inútilmente. Haré su obra. Seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me ha asignado, incluso sin yo saberlo, siempre que siga sus mandamientos y le sirva en mi vocación» (J.H. Newman, Meditazioni e preghiere, Milano 2002, 38-39).”  

Hermanos y hermanas, sus investigaciones, estudios y, sobre todo, estas ocasiones de debate son tanto necesarias e importantes para que se difunda la conciencia de la vocación a la que cada ser humano está llamado por Dios, en los diferentes estados de vida y gracias a sus múltiples carismas. También son útiles para cuestionarse sobre los desafíos de hoy, sobre la actual crisis antropológica y sobre la necesaria promoción de las vocaciones humanas y cristianas. Y es importante que se desarrolle una circularidad cada vez más eficaz entre las distintas vocaciones, también gracias a su contribución, para que las obras que brotan del estado de vida laical al servicio de la sociedad y de la Iglesia, junto con el don del ministerio ordenado y de la vida consagrada, puedan contribuir a generar esperanza en un mundo sobre el que se ciernen pesadas experiencias de muerte.

Generar esta esperanza, ponerse al servicio del Reino de Dios para la construcción de un mundo abierto y fraterno es una tarea confiada a cada mujer y a cada hombre de nuestro tiempo. Gracias por su contribución en este sentido. Gracias por vuestro trabajo de estos días. Lo encomiendo al Señor en la oración, por intercesión de María, Icono de la vocación y Madre de toda vocación.

Y, por favor, no se olviden de rezar también por mí.

Francisco